La guerra de los moriscos en las Alpujarras

Capítulo XVII

Cómo el campo del Marqués de Mondéjar partió de Pitres en seguimiento del enemigo

El día siguiente, que fue lúnes 17 de enero, partió el marqués de Mondéjar del alojamiento de Pitres, y con un temporal recio de agua y nieve, dejando el camino derecho que iba a Jubiles, tomó la vuelta de Trevélez. No había caminado legua y media, cuando descubrió el campo de los moros que iban hacia Jubiles por la cordillera del cerro de la otra orilla del río, donde había estado alojado aquella noche; los cuales entendiendo que nuestra gente hacia el mismo camino  y les tomaría la delantera, enviaron seiscientos hombres con tres banderas, que entretuvieron con escaramuzas mientras se adelantaban los demás. Viéndolos venir el marqués de Mondéjar, mandó a los capitanes Diego de Aranda y Hernan Carrillo de Cuenca que fueron con sus compañías a darles carga. Los moros, pareciéndoles que eran poca gente, hicieron rostro, y los nuestros, aunque hacían muestra de ir hacia ellos, no se alargaron todo lo que era menester. Entonces el marqués envió a don Hernando y don Gómez de Agreda, hermanos, vecinos de Granada, y otros gentilhombres que se hallaron par dél, a que reforzasen las dos compañías con quinientos arcabuceros; mas luego advirtió que era entretenimiento que procuraba el enemigo, para tener lugar de ponerse en salvo; y haciéndolos retirar, caminó con los escuadrones a paso largo, enviando delante a los capitanes Chacón y Lorenzo de Leiva, y Gonzalo de Alcántara con sus caballos y algunos peones sueltos, á que atajasen el campo de los moros, que iban á más andar por aquella loma. La caballería pasó el río y fue tomando lo alto; mas por mucha priesa que los capitanes se dieron, cuando llegaron arriba ya habían pasado, y solamente pudieron alancear algunos que se quedaron rezagados, y porque cerraba la noche, dejaron de seguirlos. Llegó nuestro campo a alojarse por bajo del lugar de Trevélez, entre unos chaparros, cerca de un alcornocal y del río, por la comodidad del agua y la leña tan necesaria para guarecer la gente del frío que hacía. Los moros tomaron lo alto de la sierra, y no pararon hasta meterse en la nieve, donde perecieron cantidad de mujeres y de criaturas de frío, y aun de los cristianos amanecieron a la mañana helados tres o cuatro y algunos caballos reventaron de comer una maldita yerba que hallaron por aquellos valles.