La guerra de los moriscos en las Alpujarras

Capítulo XVIII

Cómo el marques de Mondéjar pasó al castillo de Jubiles, y los caudillos de los moros se fueron huyendo sin pelear

Los moros que iban huyendo delante de nuestro campo fueron á parar a Jubíles, donde tenían recogidas las mujeres y la riqueza de aquellas taas, pensando defenderse en el sitio de aquel castillo antiguo que dijimos, el cual era asaz fuerte para cualquier batalla de manos. Su intento era entretenerse allí algunos dias, mientras se trataba de medios de paz, porque Jerónimo Aponte les había dado esperanza dello, por lo que había entendido en Pítres de la voluntad del Marqués, aunque el Zaguer y los otros caudillos estaban temerosos de ver que no les había querido dar seguro firmado de su nombre, y sospechaban lo que por ventura llevaban en pensamiento, que haría algún castigo ejemplar en los autores del rebelion. Dando pues y tomando sobre este negocio de reducirse, hubo varias opiniones entre los moros aquella noche. Los malos, á quien las culpas hacian perder la esperanza del perdon, decían que degollarse todas las mujeres cristianas que tenían captivas, y que se pusiesen en defensa y peleasen todo su posible, y cuando más no pudiesen, dejarian en sitio y se meterian por las sierras; lo cual podrían hacer fácilmente, por haber disposicion para ello, á causa de la esperanza dellas, que era tanta, que no la podrian ollar caballos; y los que no se tenían por tan culpados, movidos del amor de sus mujeres y hijos, que veian padecer hambre, frio, cansancio y otras incomodidades, con la esperanza de poder tener algún sosiego en sus casas, arrimándose á la opinion del Zaguer, no quisieron que las matasen; antes pensando aplacar  con ponerlas en libertad, la indignación de los cristianos, las sacaron aquella mesma noche las cuevas donde las tenían metidas en el castillo, y les dijieron que se fuesen a las casas del lugar y esperasen a sus parientes, que llegarían prestos. Hubo muchas moras que las recogieron en sus casas y las acariciaron a fin de que ellas las favoreciesen cuando los soldados entrasen. Siendo pues informado el marqués de Mondéjar del camino que el enemigo había hecho aquella noche, el martes, 18 dias del mes de enero, bien de mañana levantó el campo y caminó la vuelta de Jubíles. No habian entrado por aquella taa, cuando llegó Jerónimo de Aponte, y con él Juan Sanchez de Piña, y le dieron otra carta del Zaguer, en que repetia lo de la primera, pidiendo todavía un seguro por escrito para su persona y la de Aben  Humeya. Estos cristianos refirieron al marqués la voluntad que aquellos moros mostraban tener, y lo que habian tratado en sus juntas, y cómo habían defendido que los monfís no matasen las cristianas, certificándole que ellos habian sido la principal causa del mal que se habia hecho en los templos y en los sacerdotes y en los vecinos cristianos, y procurando descargar al Zaguer y á  Aben Humeya. El cual les respondio que volviesen á ellos, y les dijesen que se visiesen luego á rendir, porque él  los admitiria, y á todos los que se vinisesen con aquellos, como se lo habia dicho en Pitres; mas que entendiesen que no les habia de dar una sola hora de tiempo, disimulando lo del seguro por escrito; sospechando que era todo entrenimiento para sacar la ropa y las mujeres que allí tenias, mando marchar mas apriesa la gente. Vueltos los dos cristianos con la respuesta, los caudillos moros no se satisficieron nada della; y regogiendo la gente de guerra y algunas cosas de precio que pudieron llevar, dejando órden que hiciesen todos los mismo, dejaron el castillo y se fueron por las sierras hacia Bérchul. El marques de Mondejar, llegando cerca del lugar, hizo alto con los escuadrones, y envió á reconocerle á Gonzalo de Alcantara, con algunos caballos, mandándole que no dejasen entrar los soldados en las casas, porque no se desmandasen á robar y sucediese alguna desgracia. No tardó mucho que volvieron los dos cristianos, y dijeron al marques como los dos caudillos y toda la gente de guerra se habian ido la vuelta de Bérchul y Cádiar, y con ellos la mayor parte de las mujeres, y que quedaban como quinientos hombres en el castillo, viejos y impedidos, y muchas moras que no se habian podido ir. Luego mando marchar hácia el lugar, y junto á unas peñas que están cerca de las casas á la parte alta hácia poniente, salieron á recibirle las cristianas captivas con un piadoso llanto verdaderamente digno de compasion; las mas dellas llevaban sus hijitos en los brazos, y otros algo mayores que las seguian por sus piés, y todas con las cabezas descubiertas y los cabellos tendidos por los hombros, y los rostros y los pechos bañados de lagrimas, entre gozo y tristeza destilaban de sus ojos. No habia consuelo que bastase consolarlas viendo nuestros crsitianos, y acordandose de los maridos, hermanos, padres y hijos  que delante de sus ojos les habian sido muertos con tanta crueldad, y dando voces decian: "No tomen, señores, á vida  hombre ni mujer de aquellos herejes, que tan malos han sido y tanto mal nos han hecho, y sobretodos nuestros trabajos nos persuadian á que renegásemos de la fe con ruegos y amenazas". El marques se enternecio de ver aquellas pobres mujers tan lastimadas, y consolandolas lo mejor que pudo, hizo que se apartasen a un cabo, y envió gente á tomar los pasos por donde les pareció que tenian  la retirada los moros, á unas partes peones y á otras caballos, conforme al sitio y disposicion de la tierra, y con el golpe de soldado camino la vuelta del castillo.