La guerra de los moriscos en las Alpujarras

Capítulo XX

Cómo los cristianos ocuparon el castillo de Jubiles, y de la mortandad que hicieron aquella noche en la gente rendida

Está el castillo de Jubiles en la cumbre de un cerro muy alto, arredrado de las casas la parte de levante; y aunque tiene los muros por el suelo, es sitio en que los enemigos se pudieran defender si su desconformidad no se lo estorbara. Caminando pues nuestra gente hácia él, a la media ladera del cerro bajaron tres moros ancianos con la bandera de paz delante; y siendo asegurados para poder llegar, dijeron al marques de Mondéjar cómo los caudillos con la gente de guerra se habian ido yendo, y que ellos por sí y por lo que dentro del castillo estaban, le suplicaban los quisiese recibir á merced. Entonces mandó á don Alonso de Cárdenas y á don Luis de Córdoba, y á don Rodrigo de Vivero y á otros caballeros, que se adelantasen y se apoderasen del castillo y de lo que hayasen en él; los cuales lo hicieron luego, no sin murmuracion de los soldados, pareciéndoles que lo aplicaria todo para sí; mas el marques le dió á saco todo el mueble, en que habia ricas cosas de seda, oro, plata y aljófar, de que cupo la mejor y mayor parte á los que habian ido delante. Fueron los rendidos trescientos hombres y dos mil y cien mujeres; y porque tenia aquel sitio algunas veredas por donde poderse descolgar los que quisieran de parte de noche sin ser vistos, mandó que bajasen los captivos al lugar, y metiendo las mujeres en la iglesia, pusiesen los hombres por las casas. Esto se comenzó á poner luego por obra; y como el cuerpo de iglesia era pequeño, y la gente mucha, de necesidad hubieron de quedarse fuera mas de mil ánimas en la placeta estaba delante de la puerta y en los bancales de unas hazas allí cerca, poniéndoles gente de guerra alrrededor. Sería como media noche, cuando un mal considerado soldado quiso sacar de entre las otras moras una moza: la mora resistia, y él le tiraba reciamente del brazo para llevarla por fuerza, no le habiendo aprovechado palabra; cuando un moro mancebo, que en hábito de mujer la habia siempre acompañado, fuese su hermano ó su esposo ú otro bien queriente, levantándose en pie, se fué para el soldado, y con una almarada que llevaba escondida le acometio animosamente y con tanta determinacion, que no solamente la moza, mas aun la espada le quito de las manos, y le dio dos heridas con ella; y ofreciendose al sacrificio de la muerte, comenzó á hacer armas contra otros que cargaron luego sobre él. Apellidandóse el campo, diciendo que habian moros armados entre las mujeres, y crecio la gente, que acudia de todos los cuarteles con tanta confusion, que ninguno sabia donde le llamaban las voces, ni se entendian, ni veian por donde habian de ir con la escuridad de la noche. Donde el airado mancebo andaba, acudieron mas soldados, y alli fué el principio de la crueldad, haciendo malcadas muertes por sus manos; y ejecutando sus espadas en las debiles y flacas mujeres, mataron en un instante cuantas hallaron fuera de la iglesia; y no quedaran con las vidas las que estaban dentro, si no cerraran presto las puertas unos criados del marques que se habian aposentado en la torre, por ventura para mirar por ella. Hubo muchos soldados heridos, los mas que se herian unos á otros, entendiendo  los que venian de fuera que los que martillaban con las espadas eran moros, porque solamente les alumbraba el centellar del acero y el relampaguear de la polvora de los arcabuces en la tenebrosa escueridad de la noche; y estos eran los que mayor estrago hacian, queriendo vengar su sangre en aquellas cuyas armas eran las lagrimas y dolorosos gemidos. En tanta desorden el capitan general envio á gran priesa los capitanes Antonio Moreno y Hernando de Oruña y los sargentos mayores á que pusiesen algun remedio, y todos no fueron parte para ponerlo por haberse movido ya todo el campo á manera de motin, indignados los soldados por un bando que se habia echado aquel dia, en que mandaba el marques que no se tomase ninguna mujer por captiva, porque eran libres. Duro la mortandad hasta que, siendo de dia, los mesmos soldados se apaciguaron, no vayando mas hallando mas sangre que derramar los que no se podian ver hartos della y conociendo otros el yerro grande que se habia hecho. Luego comenzo á proceder el licendiado Ostos de Zayas, auditor general, contra los culpados, y ahorco tres soldados de los que parecieron serlo por la informaciones. Este mesmo dia el Zaguer, que se habia retirado á Bérchul, envió á decir al marqués de Mondéjar que se queria reducir; el cual envió á don Francisco de Mendoza y á don Alonso de Granda Venegas, con un estandarte de caballos y una compañía de infantería á recoger los que quisiesen venir; mas después se arrepintió el Zaguer, temiendo que se haria algun riguroso castigo en él, y se embreñó en las sierras; y don Francisco de Mendoza llevó consigo á su mujer y hijas y famiilia y obra de cuarenta cristianas captivas que estaban con ellas; y con esto se volvió á Jubíles, informado que Aben Humeya se había ida á meter en Ujijar.