LIBRO  QUINTO

 

CAPITULO IX

Como nuestro campo ocupó el paso de Tablate

 

Teniendo ya el marques de Mondéjar suficiente número de gente con que pasar a la Alpujarra, domingo por la mañana, á 9 dias del mes de enero, partio del lugar de Dúrcal con todo el campo puesto en sus ordenanzas, la vuelta al lugar de Tablate, donde se habian juntado los rebeldes, creyendo poderle defender el paso que allí hay, y tenian recogidos tres mil y quinientos hombres con Gironcillo, Anacoz y el Trandati, sus capitanes, y con otros sediciosos y malos, respetados, no por practicas de cosa de guerra ni por autoridad de personas, sino por sacrilegios y crueldades que habian hecho en este levantamiento. Aquella noche se alojo el marques de Mondéjar en el lugar de Chite, dos leguas de Dúrcal, que estaba despoblado, y el campo estuvo puesto en arma, por ser el lugar dispuesto para cualquier acometimiento; y el lunes bien de mañana caminó la vuelta de Tablate, donde sabia que le aguardaban los enemigos. Este lugar es pequeño de hasta cien vecinos, aunque nombrado estos dias por la derrota de don Diego de Quesada, y por el paso de una puente, por donde atraviesa un hondo y dificultoso barranco, que con igual hondura y aspereza, sin dar entrada por otra parte en mas de cuatro leguas arriba y abajo de la puente, atraviesa desde encima del lugar de Acequia hasta el rio Melejix. Los moros tenian desbaratada la puente de madera, que no podian pasar caballos ni aun peones sin grandísima dificultad y peligro, porque solamente habian dejado unos maderos viejos, que debieron ser estantes de la cimbra, al un lado, y sobre ellos un poco de pared tan angosta, que apenas podia ir por ella un hombre suelto; y aun este poco paso que para ellos habian dejado, ofreciéndoseles necesidad de pasar, le tenian descavado y solapado por los cimientos de manera, que si cargase mas de una persona fuese abajo; y era tan grande la hondura del barranco por esta parte, que mirando desde arriba desvanecia la cabeza y quitaba la vista de los ojos. El marques de Mondéjar iba muy bien apercibido, aunque no avisado de la rotura de la puente; llevaba la gente puesta en escuadron, sus mangas de arcabuceros a los lados y los corredores delante cubriendo el campo. Con esta orden llego la vanguardia a unos visos y descubren el lugar y la puente que esta antes de llegar á él. Luego se descubrieron los moros que estaban  en la otra parte y muchas banderas blancas y coloradas que campeaban por los cerros con apariencia de querer defender el paso. El Marqués, mandando que las mangas de arcabuceros se adelantasen, dejo la caballeria en batalla, y pasó á la vanguardia, para que los animosos soldados lo fuesen más con la presencia de su capitan general; y llegando al barranco y á la puente, los tiradores de entrambas partes comenzaron á tirar; los moros no pudieron resistir la furia de nuestras pelotas, y se arredraron, teniendo entendido que no habia hombre tan animoso que osase acometer á pasar la desbaratada puente, que tenian por bastante defensa contra nuestro campo; mas un bendito fraile de la orden del seráfico padre san Francisco, llamado fray Cristobal de Molina, con un crucifijo en la mano izquierda y la espada desnuda en la derecha, los habitos cogidos en la cinta, y una rodela echada a las espaldas, invocando el poderoso nombre de Jesús, llegó al peligroso paso, y se metió determinadamente por él; y haciendo camino, no sin grandísimo trabajo y peligro, estribando a veces en las puntas de los maderos ó estantes de la cimbra, y á veces en las piedras y en los terrones que se desmoronaban debajo de sus pies, pasó a la parte de los enemigos, que aguardaban con atencion cuando le verian caer. Siguiéndole luego dos animosos soldados,  aunque el uno con infelice suceso, porque faltándole la tierra y un madero, fue dando vueltas en el aire y cuando llego abajo ya iba hecho pedazos. El otro pasó, y trás dél otros muchos, no cesando de tirar siempre nuestros arcabuceros y los moros, que estaban de mampuesto en un cercano cerro de la puente: finalmente cargó nuestra gente de manera, que los moros fueron retirandose cediendo al riguroso impetu  de los que reconocian ser suya la victoria. Ganada la puente y el lugar con un poco daño nuestro y mucho de los moros,  los soldados trajeron maderos y puertas, y con haces de picas, rama y tierra adobaron la puente de manera, que pudo pasar aquel dia el carruaje, caballos y artillería,  y aquella noche se alojó el campo en el lugar. Cebáronse tanto este dia los arcabuceros de las mangas en los enemigos que iban huyendo, que dejando muertos mas de ciento y cincuenta, fueron siguiendolos hasta llegar al rio que estaba en la otra parte de Lanjarón. Allí reconocieron ser poca genta la que los eguia, y revolvieron contra ellos con grandes alaridos, y los apretaron tanto, que se hubieron de retirar a las casas del lugar; y no se teniendo por seguros en él, tomaron algunas vasijas con agua y cosas de comer que hallaron, y se fueron aguarecer en los antiguos edificios de un castillo despoblado, puesto sobre una alta peña, donde solia en otro tiempo ser la fortaleza del lugar, por si fuese menester defenderse entre los caidos muros mientras nuestro campo llegaba. En este tiempo, el marqués de Mondejar, alegre con la victoria, no tanto por las muertes de los enemigos, como por haber ocupado aquel paso, que pudiera quedar famoso en aquel dia con su muerte, si no acertaba a llevar un peto fuerte, que resistio la pelota de una escopeta, que le venia a dar por los pechos, porque no sucediese alguna desgracia a los arcabuceros que iban delante, que le aguase el buen suceso, envio un diligente soldado con su anillo, á que dijese al capitan Caicedo Maldonado, vecino de Granada, que iba con ellos, que se retirase luego, y mando al capitan Luis Maldonado  que con cuatrocientos arcabuceros le asegurase el camino. Y como se acercase la noche, los moros, enemigos de pelear en aquella hora, se retiraron a las sierras, y nuestra gente toda se recogio a su alojameinto.